Para efímera, ella

Esta flor que me he encontrado esta mañana paseando por el parque se llama hemerocallis y solo dura un día. Cuando me he cruzado con ella llevaba apenas unas horas en esta tierra, ya que brota al amanecer. De vida le quedaba un poco más, pero no mucho pues al atardecer se marchita, cae al suelo y deja el tallo libre para la siguiente, que se abrirá también en cuanto lo haga el nuevo día.

Es como si la planta estuviera obsesionada con la belleza y la juventud y no quisiera nunca mostrar al mundo el espectáculo de la degradación o el envejecimiento. Ella, cada dia, ofrece flores nuevas y frescas, a cambio de asesinar a las anteriores, eso sí. Este constante reponer le dura bastantes meses, desde la primavera hasta el otoño pueden contemplarse sus flores tan nuevas como fugaces.

A esta flor también se la conoce como lirio japonés, lirio de la mañana, azucena turca o lirio de San Juan.

Se puede comer, los chinos la toman en sopa, o se puede utilizar para tratar diversos males ya que tiene muchas propiedades beneficiosas. Si es que te da tiempo a cogerla. Y si no, acampas junto a la planta y esperas, tijeras en ristre, a que amanezca. Aunque a mí me daría pena cortar algo que dura tan poco.

Desorden

Se ha escondido el cielo con todos sus pájaros

y en su lugar hay un hueco abierto de bordes heridos.

Microscópicas arañas excavan sus galerías

sin cesar, sin cesar

con demente afán.

Cuando el mundo se desordena

se cierran de golpe los ojos que te miraban

como bruscas persianas.

Es cierto, sigue oliendo a la flor del tilo

y las hojas son nuevas y verdes, amigas de la luz

pero por motivos ajenos a su voluntad

los árboles permanecerán cerrados.

Saúco

El saúco es un árbol o arbusto rodeado de muchas leyendas. Los celtas lo consideraban un árbol mágico, morada de los espíritus benéficos del bosque, como elfos o hadas. Pero también con un lado oscuro pues si se quemaba su madera eran los malignos los que se presentaban al instante a imponer su orden, o su desorden.

Sus flores, que recuerdan a estrellas, se transforman en otoño en frutos rojos que sirven de alimento a muchas aves. Aunque ha sido utilizado con fines medicinales durante cientos de años también hay partes de este árbol que son venenosas.

Su nombre se deriva de la palabra griega “sambuke” un instrumento musical hecho con su madera.

Alegre pero triste

Se puede ser triste y alegre a la vez. No me refiero a alternar estados de ánimo, como nos sucede a todos, sino a tener un exterior luminoso, que transmite entusiasmo y gusto por la vida y sus placeres, pero un fondo lúgubre. César, el profesor y dueño del estudio de arte, era así. Lo supe cuando descubrí sus pinturas, que él no enseñaba a nadie dentro del estudio. Las vi en una página web donde se hablaba de él y de su obra. Eran pinturas densas, oscuras, con hombres sufrientes, muchos de ellos boca abajo, invertidos, o boca arriba y boca abajo, sin rostros, hombres y mujeres que huían en barcos similares a féretros o estaban encerrados en cajitas, dolientes, desamparados.

No lo podía creer, pensé que me había equivocado de nombre, ¿era ese el mismo César que animaba el aula, el que nos ofrecía un vino, queso o galletas, el que siempre quería que hubiera felicidad en la clase, el que gritaba “Alexa, salsa” y la música empezaba a sonar? Hasta que alguno protestaba porque prefería otro estilo. Siempre había alguien que protestaba, formaba parte del juego, igual que había quejicas de la temperatura, qué calor en verano o qué frío en invierno o cuánta corriente en primavera. Y César, paciente y alegre, entusiasta y sonriente iba de aquí para allá enmendado errores, tratando de contentar a todos, lo cual era imposible. Pero debajo de esa alegría que le era natural, una alegría caribeña, de esa expansividad, se escondía en su madrigera el animal de la tristeza, ese tormento interno que yo había visto en sus pinturas y al lado de las cuales mis numerosos Toledos parecían una simple postal sin alma.

También podía ser César simpático y hostil a la vez. Era hostil cuando nos decía con un fastidio vestido de sonrisa que no nos equivocáramos de estante al elegir el tarro de cristal, había uno para las acuarelas y otro para los oleos. O a recordar, amable pero picajoso, que tenía los libros de arte numerados y ordenados y convenía que se volvieran a dejar en su sitio. Cuando todos nos marchábamos se quedaba recogiendo y limpiando, los fines de semana volvía para hacer arreglos y mejoras, pintaba las paredes o instalaba un lavabo nuevo para que no se formaran colas al limpiar los pinceles, organizaba el perchero de las batas, decoraba el escaparate, apilaba los cuadros e inventaba nuevos negocios dentro del mismo, como clases de historia del arte, escultura o cerámica.

Al comienzo de la primavera llegaron unos cuantos nuevos, una chica, casi una niña, con unos calcetines de los girasoles de Van Gogh. Era muy tímida pero simpática, se acercaba a mirar lo que hacíamos y lo alababa mucho, pero se ponía muy roja en cuanto le devolvíamos el cumplido. A la amargada, que pintaba encantadoras casitas de campo llenas de rosas, le daba rabia que habláramos, le daba rabia cualquier conato amistoso y bufaba. También llegó otro chico joven que pintaba con auriculares para aislarse de todos nosotros y solo se los quitaba de vez en cuando para oír los chistes de Buonarotti, con quién se reía mucho. Creo que le resultaba atrayente y hasta admirable la espontaneidad de ese señor viejo, él era muy contenido. Y una mujer silenciosa que pintaba galaxias o algo que se le parecía. En realidad creo que no sabía lo que pintaba pero alguien le dijo, ¿es una galaxia? y ella dijo que sí, pudiera ser , como aliviada de haber encontrado un sentido a esas espirales, y ahí se quedó la cosa.

Komorebi

La luz del sol que se filtra a través de las hojas de los árboles siempre me ha parecido algo muy bello de contemplar. El otro día supe que el idioma japonés tiene una palabra para este fenómeno: komorebi.

Me gusta que exista un término que designe lo que tantas veces he mirado y admirado sin poderlo nombrar.

Yo siempre pintaba Toledo

La primera pintura que hice fue de Toledo visto desde arriba, el Tajo a sus pies. Me quedó muy bien, tan bien que el profesor me lo puso en el escaparate y allí se quedó mi Toledo desde arriba más de dos semanas, expuesto a la vista de todos los viandantes. Era mucha la gente que se paraba, curiosa, a mirar lo que se exhibía en ese escaparate. Algunos, después de pasar y mirar, pasar y mirar, se terminaban apuntando. Con esa intención lo hacía César, el profesor y dueño del estudio.

Después de ese primer Toledo pinté muchos otros más, desde otros puntos de vista. Toledo reflejado en el Tajo, Toledo al atardecer con unas nubes rojas y deshilachadas, al amanecer, con la luz nueva iluminando sus piedras ocres,algunas de sus calles estrechas con el cielo gris y encajonado, Toledo visto a través de una ventana, esa misma ventana desde fuera, la luna llena pinchada por la aguja de la catedral…y no sigo por no cansar. Lo que es yo, no me cansaba. Podría haber cambiado de tema, es verdad, pero enseguida me di cuenta de que solo con Toledo tenía más que suficiente, que en aquella ciudad, y lo mismo podría haber sido cualquier otra, estaba todo.

En la academia me llamaban, “la de Toledo”, me llamo Gracia pero mi nombre creo que solo se lo sabían dos, mi compañera del caballete de al lado y mi compañera del caballete de enfrente y el profesor, claro, por aquello de verlo en las facturas mensuales. Los demás, “la de Toledo” o “la que pinta Toledo”. No soy de allí y solo he estado de visita unas tres veces, hay ciudades que me gustan más, así que ni yo misma sabía cómo había entrado ahí, pero entré y me quedé. Un poco por casualidad, igual que en el estudio o academia o como se quiera llamar a ese lugar que ya no existe y dónde iba a pintar dos tardes por semana.

Me divertía y como ya sabía pintar me ahorré el proceso por el que pasaban los que empezaban desde cero consistente en pintar bosques de árboles con carboncillo, bodegones frutales al pastel, puntos de fuga y paisajes abstractos para practicar los colores. Tampoco tenía que estar llamando a César cada dos por tres para que me arreglara la pintura. Al hombre lo tenían frito, claro que ese era su trabajo. César, por favor, esta flor me ha quedado plana y él, con dos toqueteos de pincel le daba profundidad, César, ¿cómo hago para darle simetría a los ojos de la niña?, pásate por aquí que me he atascado, que no me sale.

Había una, no me acuerdo del nombre, que creo que estaba enamorada de César o algo así porque le llamaba de una manera un tanto histérica y hasta posesiva. Gritaba, “veeeeennn, ya no me haces caso, ya no me quieres”. Me resultaba incómodo pero a él no o lo disimulaba muy bien.

El que también requería mucho al profesor era un señor mayor, apodado Buonarotti. El hombre se habia atascado pintando la iglesia de su pueblo, iba a participar en un concurso y para conmover al jurado habia plantificado el escudo del lugar en mitad del muro. Algo horroroso de ver. Buonarotti era muy simpático y bromista, no callaba y se daba muchos paseos por los estrechos pasillos mirando las pinturas de todos, opinando, sacando temas de conversación y llamando a César para que la iglesia le quedara presentable. Un día se cayó de la silla y nos asustamos mucho. Él también se asustó y desde ese día se movía menos y por eso llamaba más a César. “Ven, hombre, ven, que me haces menos caso que mi mujer, lo que ya es decir”.

Mi compañera del caballete de al lado hacía lo contrario que yo, pintaba cada vez algo distinto, japonesas en kimono, aeroplanos aterrizando, un elefante, volcanes, fondos marinos con extraños peces, cigüeñas en un campanario, paisajes nevados de montaña, rascacielos de Hong Kong, un perro yorkshire con un lacito. Y todo ello a una velocidad de locura, como si tuviera prisa o le faltara tiempo para atrapar toda la variedad del mundo. Ella tampoco pedía ayuda, tenía buena técnica pero el resultado no era bueno. Le faltaba algo, arte le faltaba. Sus cuadros eran feos, perfectos pero feos.

Sin embargo, era muy alabada, lo que atribuyo a dos razones. La primera, obvia, porque pintaba bien y muy deprisa y la segunda porque pintaba mal pintando bien y ahí la posible envidia se diluía. Uno no puede envidiar a otro que pinta bien pero le queda mal. Esa se llamaba Ana y la otra, la del caballete de enfrente, María Jesús.

Una mujer delicada, María Jesús y también sus dibujos, colores aguados y suaves, escenas brumosas, trazos ondulantes. Me gustaba mucho su trabajo pero a ella nunca estaba satisfecha, aquejada de perfeccionismo, sufría pintando. María Jesús no sé qué debilidad vio en mí o creyó ver pero me tomó bajo su protección, me ayudaba aun cuando yo no lo había pedido, me daba un cariño invisible y también recetas porque a ella le gustaba cocinar.

A mí no pero le seguía la corriente. Me explicó con mucho detalle las pochas con almejas y hasta me indicó la tienda donde vendían las mejores judías. Ahora, si por casualidad paso por delante, me acuerdo de ella, de esa mujer que me defendía de la antipática como si hubiéramos vuelto al colegio.

No sé qué le pasaba a esa mujer conmigo, era antipática en general, huraña, pero conmigo se ensañaba. No sé, tal vez odiaba Toledo. El caso es que me daba empujones, me tiraba el bolso al suelo simulando que se había tropezado, me robaba el bote de aguarrás y me escondía la bata para que tuviera que pasar mucho rato buscándola.

A mí me hacía hasta gracia, recogía mi bolso, movía un poco la banqueta para dejarla pasar y seguía pintando Toledo, me metía tanto en la pintura que hasta me olvidaba del mundo exterior y de mí misma en ese mundo, ¿quién era mientras pintaba?, yo, la llamada Gracia, no, tal vez tenían razón los otros y era solo “la que pintaba Toledo”.

Altramuz, malva y caléndula

Altramuz azul o lupino azul

Seguro que alguna vez habéis comido altramuces, pues son el fruto de esta planta. Recuerdo haberlos comido mucho de niña, los vendían en esas tiendas que se llamaban de variantes y donde había en remojo muchos tipos de aceitunas y frutos secos, estos sin remojar.

Malva

Algunas larvas de mariposa son muy aficionadas a comer malvas, también pueden comérsela los humanos, tanto las hojas como las flores. Supongo que la expresión “criar malvas” que se usa para referirse a alguien que lleva ya un buen tiempo muerto se debe a que se piensa que los restos sirven de abono. La realidad es que estas flores brotan en abundancia, así que no tiene mucho mérito criar malvas, se crían solas, en cualquier solar, camino, jardín o terreno abandonado, con muerto debajo o sin él.

Caléndula o maravilla silvestre

Que te llamen “maravilla silvestre” tiene que subir bastante la autoestima, seguro que creces con más alegría y seguridad que si te ponen de nombre “ortiga fétida”, por poner un ejemplo de denominación real y peyorativa.

No deja de asombrarme la variedad vegetal, todas salen de la misma tierra y sin embargo son muy distintas y eso es lo bueno, que lo sean. Podríamos tomar ejemplo y llevar con orgullo nuestras características diferenciales, en lugar de esconderlas tratando de ser lo que no somos, lo cual además es imposible. Un altramuz nunca será una malva por mucho que se esfuerce. Ni falta que le hace.

Solo a veces

Cuando el cielo de primavera es tan azul me dan ganas como de bebérmelo, o de pasarme el día debajo, sin hacer nada, solo debajo, mirándolo. Beber y mirar, beber y mirar. El cielo, me refiero.

Hecha esta observación, Lidia se toca las trenzas. Son finas porque tiene poco pelo, a su amiga Maite le recuerdan a un par de anchoas. Ella nunca se haría un peinado así, ni siquiera llevaría el pelo tan largo pero por otro lado siente admiración por lo poco que parece importarle a Lidia su aspecto, o la opinión que los otros tengan sobre él.

Qué bonitoooo, dice Lidia alargando mucho la o. Extiende la mano como si abriera una puerta y ahí, al otro lado: los frutales en flor, los árboles con sus brotes recién estrenados, las hierbas muy verdes meciéndose suavemente, las primeras flores.

Me recuerda a Escocia, dice después de “qué bonitooooo”.

A mí la primavera no me gusta tanto. Sí, los colores, la luz y todo eso está bien pero me da cansancio. Es como si me agotara tanto nacimiento a la vez. Es que últimamente estoy agotada, pero agotada de no poder más, me levanto ya cansada y me voy arrastrando todo el día pero luego, por la noche, no consigo dormir bien. Y así entro en círculo vicioso.

Lidia se toca con una mano una trenza, ¿comes bien?,¿estarás enferma? Pues no tienes mala cara. Uf, esto está llenísimo, observa contrariada

¿Ves porque no me gusta tanto la primavera? Salen todos a la vez igual que las hojas de los árboles.

Solo hay tres mesas vacías, pero las tres tienen un papel pegado en la esquina con un nombre escrito y la advertencia “reservada”.

Bah, dice Lidia, nos sentamos en esta y a tomar por culo.

Pone “Eduardo Prieto”, lee Maite sentándose también pero con más cuidado. Una vez sentada, cruza los brazos y mira el seto de enfrente.

Para cuando venga el tal Eduardo ya nos hemos tomado el café, tú tranquila.  Y entonces, ¿qué es lo que me contaste que te pasa con tu hijo?

Pasarme no me pasa nada, es un buen chico, ya sabes. Pero es que la novia…

Era bailarina, ¿no? Cuidado con las bailarinas, son muy dulces, muy etéreas y muy volátiles pero luego…neuróticas perdidas, artistas, ya sabes.

Es que se meten en mi cuarto de baño, que hay otro,  hay otro baño, podrían usar ese, pero como el mío es más grande, el mío es el grande.  Lo dejan todo mojado, ella tiene el pelo largo, ¡ la de pelos que he recogido este fin de semana!, salían por todas partes los pelos…ya sabes, que luego es simpática y me dice ¿te ayudo? Aunque no me ayude a nada pero por lo menos lo dice. Ninguno de los dos ayuda en nada, yo lo comprendo, es que trabajan mucho y cuando llega el fin de semana, pues eso, los chicos quieren descansar.

Y tú eres tonta, ¿no estás cansada tú también? Mira, mira, mira… a mí me pasaba lo mismo hasta que me planté y puse las cosas claras, tienes que poner límites, es tú casa, eso que quede claro, la casa es tuya, ellos son invitados y los recibes con todo el cariño del mundo, pero no te pueden avasallar. 

Maite vuelve a mirar al seto, fijamente lo mira, como si se estuvieran representando allí, entre las hojas, escenas familiares que no son las que suelen representar en la realidad, escenas en las que su hijo y la bailarina amable no usan su baño y recogen las toallas mojadas. La escena se borra y se quedan solo las  hojas, algunas son verdes pero otras se están poniendo rojas, de un rojo muy vivo, refulgente.

Es raro que ahora en primavera estén las hojas rojas, eso es más de otoño, observa.

La de las trenzas se encoge de hombros, no le interesan los setos en especial. Lo que te digo, dice retomando el tema del que se había apartado, te tienes que plantar y tener muy claro esto, que ya no vas a ser una madre guay, que les vas a caer mal, al menos de entrada,  eso no te va a gustar, a lo mejor te sientes incómoda y quieres recular pero mantente porque luego será al contrario, vas a estar muy bien, muy tranquila en tu casa y no te van a invadir. Tú tan ancha en tus dominios y te das un baño de espuma con velitas, faltaría más.

La futura madre no guay se inclina sobre la taza de café y bebe, no se imagina siendo borde con su hijo y con su novia. Lo dice, “es que no me imagino siendo borde con ellos, si son buenos chicos, es que si fueran malos…”.

No, no, Maite, no confundas conceptos, eso no es ser borde, es marcar límites. Hasta aquí sí pero a partir de aquí, no. Y todos tan contentos y si no les gusta que se aguanten, ¿no te estás aguantando tú ahora?

Pero qué cielo, madre mía, qué azul, lo pintaría si supiera. Estos campos me recuerdan a Francia.

Maite vuelve a mirar al seto, sobre sus hojas picudas ve su cuarto de baño, está muy ordenado y limpio, el espejo no tiene salpicaduras, las toallas perfectamente dobladas en el toallero, no hay rastros de pasta de dientes en el lavabo ni pelos largos enredados por los rincones. Está sola y nadie la molesta.

Estoy sola, dice sin darse cuenta. No me gusta tanto estar sola, a veces sí, pero no siempre.

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