Magnolias

Casi a la par que los almendros brotan las flores de este arbusto. Se las conoce como magnolias de Soulange, magnolia tulipera, liliflora o mulan, como la heroína china. Son un cruce entre diferentes tipos de magnolias.

Este género de flor se considera un fósil viviente, aparecieron por estos lares terrícolas antes que las abejas, por los que los encargados de su polinización eran los escarabajos, por eso poseen en su interior duros carpelos, para no ser dañadas por las patazas de tan pesados señores.

Efímeras como la flor del almendro o la del cerezo, su mensaje simbólico es el del equilibrio y la estabilidad. Estos significados no sé quién se los inventa, pero me encanta creérmelos.

Se abren con lentitud y a ese mismo ritmo van marchitándose alfombrando el suelo de melancólica belleza.

Una vuelta

Como los parques están cerrados tengo que pasear por las calles, doy vueltas. He querido llegar hasta una zona más tranquila, donde hubiera árboles y algún pájaro y también un poco de silencio pero no lo he conseguido del todo. Conozco una calle así a una media hora de mi casa, es una calle de casas muy grandes, casi mansiones, tienen jardines que no se ven porque están ocultos por altos muros. Alguna enredadera se desborda por ellos, escapando de los jardines. Muchos pájaros no he conseguido escuchar, algún trino perdido y los cotorreos de las cotorras, tan abundantes, también una motosierra muy persistente.  El resto del camino, tanto a la ida como a la vuelta, calles grises con edificios grises, coches y coches.

Un grupo de adolescentes vestidos con un uniforme verde estaba sentado en un recodo del suelo, junto a los troncos muertos, uno ha dicho, “justo cuando se fue Eri llegó Jaime, Jaime es Eri,  estoy seguro” y todos se han reído.

Una mujer ha dicho, “hombre, por Dios, hombre por Dios, que no, eso no se puede consentir” pero no sé qué era lo que no se podía consentir, luego ha hablado de un seguro médico.

Junto al contenedor de basuras, de la mano de una cuidadora había una niña con un bolsito rosa y un gorro de lana, pequeño duende luminoso de la ciudad gris.

“Está muerto”, ha dicho un hombre y me he sobresaltado, no hablaba de una persona porque luego ha dicho,  “el negocio está muerto pero sigue generando gastos”.

En la sastrería Serna han colgado un cartel que avisa, “dadas las circunstancias solo atenderemos con cita previa”, me ha parecido muy fina la manera de aludir a la pandemia, muy de sastrería Serna. Es un negocio peculiar, me gusta mirar el escaparate y pensar qué tipo de personas serán las que van, nunca he visto entrar a nadie. Hay un maniquí sin cabeza con un traje militar. Serán los militares los que van a sastrería Serna a que les hagan sus uniformes con cita previa, dadas las circunstancias. A veces, pegado al escaparate, mira la calle un galgo. Los niños se paran a saludarlo y dan saltos muy contentos pero el galgo, como si también fuera él un maniquí o parte de la decoración de la tienda, no se mueve.

Memoria

No quisiera mentir, decía M. cuando estaba contando algo y no se acordaba  de la fecha o el lugar o de algún otro detalle menor, como el color de un coche o de una ropa o de la temperatura del día en cuestión. Interrumpía la narración y se quedaba pensativa. En realidad, no es que le preocupara la inexactitud o faltar a la verdad,  es que trataba de recordar bien.  A sus oyentes les daba igual la precisión de la historia, incluso les daba lo mismo la historia en sí, que no solía ser interesante, no para ellos,  y desconectaban. Pero a M. sus oyentes tampoco le importaban demasiado, ella era su propia oyente,  se lo estaba contando a sí misma y por eso no quería mentir, no quería inventar, quería recordarlo tal y como había sucedido, si es que eso fuera posible.

Muchas veces no lo era,  la memoria no le alcanzaba para hacer la reconstrucción fidedigna de aquello que estaba contando, algunas partes estaban escondidas porque el cerebro había decidido eliminarlas o esconderlas, por poco relevantes en el primer caso, o por demasiado relevantes en el segundo. Otras estaban intoxicadas por la memoria de otros, por las versiones de otros que se superponían a la suya, imponiéndose. Entonces, sabiéndose vencida,  se callaba, bebía de su café o le daba muchas vueltas con la cucharita observando los círculos que se formaban en la taza como si allí, en esas pequeñas ondas concéntricas,  pudiera encontrar, de una forma intuitiva y relajada,  lo que andaba buscando con tanto esfuerzo por sus recovecos mentales.

Naturaleza encendida

Muchos árboles del jardín botánico se han roto. Está lleno el jardín de árboles heridos. En Navidad montaron un, para mí, espantoso espectáculo al que llamaron “Naturaleza encendida” consistente en llenar todo lo precioso y natural que allí vive de luces de colores.

Era lo más parecido a una feria hortera. Luminosidades rosadas que viraban al morado, focos amarillos rodeando los troncos, plantas artificiales que hacían daño a la vista. La gente hacía colas y pagaba para contemplar aquello.

¿Desde cuándo la Naturaleza necesita luces y encendidos? Desde nunca. Nada más bello que la luz natural filtrándose entre las ramas o que la oscuridad y el silencio de la noche, ¿qué más encendido va a necesitar una noche que el de luna o las estrellas?

Pues nada, la gente se agolpa deseosa de que la distraigan, entretengan, asombren y atonten más de lo que ya está con artificios demenciales.

Y hoy, mes de febrero, al pasar por delante del Jardín Botánico, antes un lugar de reposo y paz, he visto una larga cola de gente que lo rodeaba y era capaz de pagar y esperar para poder pasar en gritona masa a ver el espectáculo de los árboles rotos pero iluminados. Se ve que los del jardín hacen negocio y han decidido prolongar el horror.

Esta es la única naturaleza que hay aquí: la naturaleza agonizante y encendida.

Pequeñas hojas flotando

Yo estaba muy nerviosa, pero no nerviosa normal de esto que dices, qué nervios tengo hoy, no puedo parar. No, así no, eran otro tipo de nervios, peores. De esos nervios no había tenido nunca y eran malos, vaya que si lo eran, malísimos. A mí no me gusta que se me noten las cosas, hay gente a la que no le importa y no solo no les importa sino que hasta lo van contando, me pasa esto, me pasa lo otro. Yo no, yo me lo guardo todo para mí, eso tampoco es bueno, sé que no es bueno pero cada uno es como es. Es que no soporto que me hagan diagnósticos, si tienes algo así, de tipo nervioso, enseguida te salen los psicólogos sin titulación a diagnosticarte y después a ponerte un tratamiento.

Si quisiera ir a un psicólogo iría, pero no quiero, mucho menos voy a querer que me pase consulta quien no lo es. Así que estuve muchos días disimulando, no era fácil, se me ponía la cara muy tensa y en los hombros me parecía que llevaba piedras. A veces pensaba que podían verse de lo que pesaban. Pues yendo por la calle, qué casualidad, oigo a dos que van hablando de nervios y le dice una a la otra, ¿sabes lo que va muy bien? Hacer algo manual, si te gusta coser, cose. A mí coser no se me da, dice la otra, pero lo que sí me puse una temporada es a colorear mandalas, te relaja que no veas.

Vaya dos patas pa un banco, pensé yo. Es que había que verlas, sobre todo la de los mandalas era un cuadro andante, falda de animal print, ahora no recuerdo que animal había en el print pero no era doméstico,  camisa floreada, en el pelo una diadema de cuadros, botas con borrego y unas borlas que se movían al compás de sus pasos. Se había echado encima todos los detalles habidos y por haber, sin embargo su amiga era todo lo contrario, rollo minimalista.  Pero me quedé con la idea y sin que nadie se enterase, porque no es cuestión de que nadie sepa a qué te dedicas ni por qué, me compré uno de esos cuadritos para bordar encima y empecé esa misma noche, antes de irme a dormir.

El cuadrito representaba un pueblo en otoño, con sus árboles ocres, y sus casitas todas de tejados rojos. Hasta el humo de las chimeneas tenía aquello. Me enganché y aunque me fastidie reconocerlo algo de  razón tenían  las dos antagónicas de la calle, aquello no digo que me quitara del todo los nervios pero un poco sí. Bastante. Cuando terminé el pueblo empecé un tranvía subiendo una calle que me imaginaba yo que era de Lisboa, después un jarrón chino, aquí no me imaginaba nada y casi mejor porque cuando me ponía a imaginar perdía el hilo, literalmente hablando. Terminé con un abecedario de cocina, por ejemplo, la A y debajo una botella de aceite, la T y debajo un tomate, la U y debajo unas uvas y así.

Entre medias había hecho más pero digo terminé porque el abecedario fue el último, me relajaba la labor, es verdad, pero tenía un efecto secundario. Cuando cerraba los ojos para dormirme seguía bordando medio en sueños, o bien soñaba que cosía y cosía, como en una maldición costurera, o bien los propios sueños eran  bordados, las imágenes estaban cosidas, lo que no sé es sobre qué tela. Y si solo hubiera sido de noche, vaya que te vaya, pero es que empecé a ver el entorno a punto de cruz. Un árbol, lo cosía mentalmente, los semáforos, los cosía también, los edificios, la luna, un atardecer. Hasta lo feo me daba por coser, ponte que los contendores de basura, los cosía y pensaba en el color naranja de la tapa que quedaba bien combinado con el gris del resto.  Fue ahí cuando me dije, tú, tú, tú…deja esto que te está sentando más mal que bien.

Volvieron los nervios con más rabia si cabe. Tal vez se habían quedado adormecidos o habían encontrado un sitio donde posarse, las telas con sus dibujos, y al no tenerlo ya,  andaban desatados. Otra vez esa tensión por dentro y por fuera, el insomnio, las piedras sobre los hombros, todo el conjunto de sintomatología nerviosa desencadenada. A la desesperada, entré en una papelería y me compré un libro de esos de pintar mandalas, una caja de rotuladores y otra de lapiceros, todo el conjunto. Dije que me lo envolvieran para regalo, no me fueran a tomar por una de esas locas que les da por colorear.

Muy bien, los nervios encontraron asiento dentro de esos espacios redondos  y por lo menos, mientras coloreaba, solo pensaba en rellenarlos,  o sería mejor decir que no pensaba en nada o que pensaba en muchas cosas pero sin detenerme en ninguna, como si no fueran conmigo los pensamientos. Pero a las dos o tres semanas, mi mente hiperactiva comenzó de nuevo con el lío. Por todas partes veía mandalas. Una alcantarilla, un mandala;  la luna, (llena, se entiende), otro mandala;  una flor, mandala campestre; los ojos, dos mandalas y así todo el día un no parar. Es que ya no quería ver más, ni quería colorearlos con la imaginación, que era lo que hacía, qué saturación. Lo tuve que dejar también.

Eso me pasa por hacer caso a las tonterías que va diciendo a la gente por la calle,  las piedras han vuelto a los hombros, sacos y sacos de piedras pesadísimas. Con ellas iba cargando cuando he visto encima de la rejilla de ventilación del metro pequeñas hojas volando, en realidad no estaban volando sino flotando, ingrávidas, tan ligeras y despreocupadas que daba gusto verlas. Sé que no, pero me han parecido felices, como niños jugando. Podría ser un sistema de… pero, quita, que no,  no me voy a pasar el día enfrente de la rejilla de ventilación del metro, ¿y ahora qué hago con estos nervios? Pastillas no quiero tomar y los psicólogos sonríen demasiado, para mi gusto.

Tres jilgueros

Ciudad de los árboles muertos, sin estrellas.

De las chimeneas humeantes, de las basuras.

De los cielos turbios y las riadas de gente

Ciudad de los bares borrachos y vociferantes

De las ambulancias

Ciudad de la nieve negra.

En un rincón del parque destruido

como un pequeño y precioso regalo

tres jilgueros.

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