Los Domínguez desfilan bajo el balcón

Cada vez que veo pasar a los Domínguez por debajo de mi balcón, al que suelo asomarme cuando ya no aguanto más, siento una especie de envidia y también de extrañeza ante ese desfile de buenos modales y saber estar. Delante van los dos niños, vestidos iguales, por las mañanas más informales, con sus trajecitos elegantes de piscina, por la tarde un poco más arreglados, hasta puedo oler el aroma a colonia que sale de su pelo tan bien peinado. Unos pasos más atrás caminan la madre y la abuela, ambas son rubias y llevan vestidos vaporosos y blancos, capazos colgados de los estilizados hombros. El abuelo cierra el desfile, elegante en su vejez, sereno con su serena familia.

Ninguno grita ni corre ni se atropella. No se parece en nada a la que liamos nosotros cuando salimos juntos, los niños siempre se pegan, es su manera de jugar, al momento ya van sucios, les agrada vestirse con camisetas de fútbol y zapatillas fluorescentes. Corren, no andan jamás, sudan y tienen hambre a todas horas, hambre que hay que saciar. Se lo comen todo, hasta los mocos, ¿dónde habrán adquirido tan asquerosa costumbre?

Suspiro mientras las golondrinas dan vueltas entre los árboles y la pared, muy apresuradas. Suspiro contemplado el armonioso y elegante desfile de los Domínguez. Dentro, mis hijos tratan de hacer dominadas colgados de la estantería al ritmo de una música venida del averno. Entro a decirles que no hagan eso, que se van a caer los libros y la estantería entera y toda esa cultura los aplastará, pido silencio juntando las manos, implorando a los dos pequeños dioses de la testosterona un poco menos de ruido y actividad.

Como no me hacen caso, me asomo de nuevo al balcón, las golondrinas van y vienen, casi rozando mi ventana, ¿me prestas las alas?, le digo a la primera que se acerca.

Se aleja, asustada.

El saltamontes

Un saltamontes de tamaño descomunal se había colado, no se sabía cómo, en la casa de María Antonia.

Después de haberlo estado persiguiendo un rato y de tratar de dirigirlo hacia la ventana, armada del trapo de la cocina, el saltamontes desapareció. María Antonia no se quedó tranquila, era un bicho grande, daba saltos inesperados y ella estaba sola. Si se le volvía a aparecer por la noche, a la hora en la que se ponía a ver la tele sentada en su sillón, le iba a dar algo.

Tengo que ser valiente, se dijo a sí misma, voy a registrar toda la casa y a este lo saco yo de aquí. Miró debajo de los sillones, movió algunos libros y a otros los roció con insecticida, inspeccionó unos cuantos rincones más y como no lo encontró, se auto convenció de que ya no estaba.

Pasaron tres días y el saltamontes no había aparecido, así que lo dio por fugado o por muerto. Pero al cuarto día, al ir a coger el mando a distancia, lo vio tan tranquilo posado encima. Eso le dio la clave.

Eres tú, ¿verdad?, no se me había ocurrido que pudieras ser tú. Si no te importa, guapo, ahora el mando es mío. Voy a poner el Pasapalabra.

El saltamontes dio un salto y se posó sobre un limón pintado en un oscuro bodegón.

Ya sé que nunca te gustó ese cuadro pero a mí sí y ya no es momento de hacer cambios. Estate quietecito, por favor, va a empezar el rosco. Es buenísimo este concursante.

Ya en vida me dabas sustos y conversación…poca, la verdad. Eso no quiere decir, Rodrigo, que no te haya querido. Siento envidia cuando veo parejas de la mano por la calle pero, por otro lado, qué a gusto se está sin que te moleste nadie.

Toma, un poco de pan, a los gorriones también les doy.

El saltamontes se bajó del limón ficticio y, muy despacio, con desconfianza, se acercó hasta el trozo de pan. Hacía algo con las patas, con la boca, algo hacía, pero María Antonia no estaba segura de si se trataba de comer o de inspeccionar.

También tengo pechuga de pavo en finas lonchas y un trozo de queso tirando a rancio, otra cosa no te puedo ofrecer, porque una tortilla ahora no me pongo a hacer, ni lo sueñes, ya he perdido la costumbre.

Mira que aparecerte así, por sorpresa y dando saltos…

Es rara la vida, Rodrigo, pasa rápido y nos vamos de aquí sin saber a qué hemos venido, seas humano o saltamontes, ¿o tú sabes algo? Si lo sabes, dímelo.

El saltamontes se impulsó con sus patas y volvió a colocarse sobre el limón del cuadro.

Un jardín inventado

Para escapar de la tristeza, ella construyó un jardín lleno de plantas y flores que brotaban cada madrugada de su imaginación. Esta es la historia de Anna Zemánková, una pintora tardía y marginal que pudo soportar la dureza de la vida gracias a su arte.
Anna nació en Olomuc, Moravia, provincia de la monarquía austro húngara  un 23 de agosto de 1908 y murió en Praga el 15 de enero de 1986. En la wikipedia figura como una artista checa de arte marginal o  brut, término que describe el arte creado fuera de los límites de la cultura oficial.

Me pregunto si no es todo arte verdadero marginal, si no se crea desde el descontento con la realidad, con la sociedad y por lo tanto desde sus márgenes. Pero no soy experta en arte y este término lo ideó un crítico para englobar las manifestaciones artísticas de los pacientes psiquiátricos, aunque luego se incluyó también a los autodidactas y a los que creaban fuera de las corrientes establecidas.
 

Anna, ya desde pequeña, se había sentido atraída por el dibujo pero su padre, -¡ay los padres y sus designios!-, decidió que sería mucho más práctico para ella que se formara para ser protésica dental.
Ejerció esa profesión durante unos años, no sé si le gustaría mucho, poco o  nada, el caso es que la abandonó al nacer su segundo hijo. Se había casado con el oficial del ejército Bobumir Zemane, y por lo que he leído en su biografía, no tuvo un matrimonio feliz. Pero eso habría que preguntárselo a ella. La gran desgracia de su vida fue la muerte de su hijo primogénito, no sé en que momento ocurrió, pero puedo imaginar la tristeza devastadora que un suceso así causa en cualquier existencia.

Cuando sus hijos crecieron y dejaron de necesitarla se sintió vacía y sin sentido, tampoco su salud era buena. A consecuecia de la diabetes que padecía le tuvieron que amputar una pierna.
Con tal panorama vital, no es de extrañar que Anna sufriera frecuentes episodios depresivos.
Su hijo menor, que era escultor, le sugirió que empezara a dibujar. Así lo hizo, pasados ya los 50 años. Cada mañana, muy temprano, a veces antes del amanecer, seguía su ritual creativo, componía collages y pintaba, casi siempre plantas.
“Cultivo flores que no crecen en ningún otro lugar”, dijo ella de sus dibujos.
Empezó a dibujar sin una idea preconcebida, de forma intuitiva, sin saber qué iba a salir de ahí, “todo funciona por sí solo, no hay necesidad de pensar, el dibujo se dibuja a sí mismo de una manera deliciosa”. Así fue construyendo su jardín inventado, ese lugar donde pudo encontrar la felicidad que la vida no le daba.
Sus obras son muy detallistas, a base de de espirales, arabescos y formas geométricas. Algunas de ellas se expusieron en la 55 bienal de Venecia y hoy se encuentran en las colecciones del Centro Pompidou.

Una de las flores del jardín de Anna

Calle Juliana

La lavadora da vueltas, tan cansada como yo,

a ratos parece que agoniza, que ya no puede más,

pero después se acelera, también como yo.

En el supermercado he encontrado a mi tío,

único superviviente masculino de la anterior generación familiar.

Ha escondido el temblor de sus manos agarrándose a la barra del carro.

Sobre el cielo azul bailan las hojas verdes, parecen felices.

Mariposas blancas se acercan a mi vestido, pero huyen al momento, arrepentidas.

Mi madre tiene miedo a la muerte y para ahuyentarlo estudia un mapa

¿Dónde estaba Letonia?

Otro verano más recorro la calle Juliana

su imponente monte al fondo,

la luna engordando por el otro lado.

Veo envejecer a los paseadores de perros.

Cuaderno de atención

Este pájaro carpintero debe de ser de los que escapan a los patrones de su especie porque ya no ha vuelto a despertarme por las mañanas con sus percusiones, tampoco se ha pasado a otras horas por el árbol que, por cierto, no es un pino piñonero, como lo llamé al principio, sino un pino rojo americano. Me lo ha dicho la app de árboles y plantas con la que me entretengo. Nombrar es singularizar, destacar de un conjunto informe, acercarse a lo nombrado y empezar a conocerlo un poco mejor. A lo mejor por eso nos gusta que nos llamen por nuestro nombre y no “eh, tú” y puede que también por eso nos pongamos un apodo o un nombre falso cuando nos queremos esconder.

Al carpintero me lo he encontrado esta mañana en otro árbol, o bien no es fiel, o está buscando el instrumento idóneo y todavía no ha dado con él o no era el mismo carpintero. En cuanto al pino, no es bonito, eso es verdad, no puede competir con un majestuoso cedro del Líbano, situado justo detrás, pero está lleno de vida. Me recuerda en vegetal a aquel edificio del tebeo, cortado por delante, Trece rue del Percebe, con todo su curioso y variopinto vencindario.

En el pino trece hay dos palomas que parecen las porteras, suelen estar en las ramas centrales, soñolientas, con pinta de arrastrar un largo aburrimiento vital del que ya ni siquiera intentan deshacerse. Pero he visto también urracas, mirlos, un grupo de pájaros diminutos, muy inquietos, de cola alargada, que se llaman mitos, gorriones y un trepador que se cuelga boca abajo para comerse los piñones de sus piñas.

Por las mañanas se pasea por delante un extraño trío. Lo componen un perrito pequeño, curioso y juguetón que va en cabecera, una señora mayor muy bien arreglada, demasiado bien arreglada para darse un paseo matinal entre los árboles, y detrás una mujer inmensa, de carnes que se le desbordan del cuerpo por delante, por detrás y a cada lado. Supongo que la grande y última es la cuidadora de la señora arreglada pero es ella la que se da de vez en cuando la vuelta como si fuera al revés, me imagino que está comprobando que la robusta sigue detrás, protegiendo sus espaldas.

A ratos me gusta este lugar y otros lo detesto. Intuyo que no es el lugar sino mi estado de ánimo reflejándose en él. No le puedo preguntar a Graciela porque está de vacaciones pero más o menos ya sé lo que me diría, que vigile mis pensamientos porque son ellos los que crean las emociones. Que cuando odie el pino número trece investigue qué estaba pensando mientras lo miraba.

Si ella lo dice…aunque, en realidad, no ha dicho nada.

Cuaderno de atención

Cuando llego a un sitio nuevo no suele gustarme y no depende de su belleza o fealdad, depende de que es nuevo y yo tengo un problema con los cambios. Graciela me ha explicado, aunque yo ya lo sabía, como cualquiera que haya vivido lo suficiente, que la vida está hecha de cambios, que nunca se detiene en una misma posición ni es estática y que pretender aferrarse a lo de siempre es ir contra corriente y solo puede hacernos daño. Estoy de acuerdo pero saberlo no me lo hace más fácil. Así que, cuando llegué hace unos días a la casa nueva, con un pino delante, no me gustó nada, me sentí muy incómoda y descentrada y el pino, un ejemplar de pino piñonero con unas cuantas ramas rotas, me pareció muy feo. Me sentaba en la terraza mirándolo y pensaba, qué pino más horrible, me da tristeza, no voy a estar bien con este árbol delante.

Pero hace unos días, muy temprano, seis o siete de la mañana, me despertó un sonido muy fuerte, potente, como un repiqueteo o golpe rítmico. Me asomé a mirar de dónde venía eso que resonaba tanto y al cabo de un rato vi a un pájaro carpintero dando picotazos en una de las ramas rotas.

Casi todas las mañanas me despierta, no sé qué objetivo tendrá esa percusión matutina, si está anunciando el nuevo día, si llama a su pareja, si está avisando de algo o si es una costumbre muy arraigada que tiene porque, como a mí, le gustan las repeticiones. Después he leído que eligen árboles huecos o ramas rotas porque así obtienen mayor resonancia y que son muy fieles a su instrumento, tanto que incluso si su árbol se cae siguen acudiendo a su tronco tumbado para hacer su particular música en él.

Eso me ha bastado, eso y el paso de unos cuantos días, para tomarle cariño al pino feo.

Recuerdos de un jardinero inglés (Reginald Arkell)

“Qué curioso. Plantabas un árbol, lo veías crecer, recogías el fruto y, cuando llegabas a viejo, te sentabas a su sombra. Después morías y todos se olvidaban por completo de ti, como si nunca hubieras existido…Aun así, el árbol seguía creciendo, y nadie reparaba en él. Siempre había estado ahí y siempre estaría ahí…Todo el mundo debería plantar un árbol, en algún momento.”

Nunca he plantado un árbol y me gustaría.

Cuaderno de atención

Me dijo la terapeuta, que se llama Graciela y para que no falte ningún tópico es argentina, que escribiera algo cada día, sin pensar demasiado, sin elaborarlo, algo como para dejar una huella de caracol y que me permitiera, poco a poco, abrir la tapa de mi cajita siempre cerrada donde ni yo sé lo que guardo. Ella lo llamó cuaderno de atención.

No me gustó mucho la idea porque no tengo nada qué contar, pero ella dijo, “siempre hay algo que contar” y al decirlo sonrió y se le achinaron tanto los ojos que casi le desaparecieron. Asómate a la ventana, dijo también y mira, escribe lo que veas, para empezar. Más adelante ya te iré diciendo otros ejercicios.

Prefiero que me vaya diciendo, me ocurre como en el colegio, nunca me gustó el dibujo libre o las redacciones libres porque me sentía perdida ante tantas posibilidades. Entonces he hecho caso a Graciela, he abierto una ventana y he visto esto: una pequeña maceta de lunares rojos con un geranio dentro, las hojas verdes de abajo un poco mustias. A su lado dos macetas vacías y junto a ellas un desconchón en la pared, cables que bajan, cables que cuelgan, cuerdas de la ropa, lluvia cayendo despacio, sin apenas hacer ruido, tubos, rejillas de ventilación. No sé si con esto será suficiente para ser mi primera página. Graciela me ha dicho que no me esfuerce demasiado, que no pretenda decir nada ni argumentar, que no quiera darle el famoso nudo y su consiguiente desenlace, solo que haga dedos, que me suelte para que la tapa de la cajita, tan pegada, se vaya aflojando y salga, sin hacerme daño, lo que tenga que salir.

¿Y si no sale nada?, me he angustiado yo

Imposible. De nuevo esos ojos achinados que me inquietan.

Acabo de recordar otra cosa para apuntar que puede que le guste a Graciela, si bien me ha insistido mucho en que no trate de agradar a nadie, refiriéndose, supongo, a ella misma en el lugar de ese nadie. Iba por la calle y he escuchado una musiquita familiar que me ha transportado a la infancia, era un afilador, pensaba que ya no existían, iba de portal en portal ofreciendo sus servicios. Nadie le decía que sí, nadie le bajaba unas tijeras o un cuchillo y eso me ha apenado, un poco por él y otro poco porque si nadie afila con el afilador morirá ese oficio que yo ya creía muerto.

En el colegio nos provocaba mucha risa esa musiquita, igual que la voz del chatarrero anunciándose a sí mismo con un gran alargamiento de o. Cualquier motivo era bueno para reírse y salir de la monotonía de las explicaciones.

Ahora estoy escuchando una campana, no sé en qué lugar de este barrio hay un campanario, me resulta curioso que suene una campana, ya la había oído otras veces pero sin reparar en ella, igual que había visto la maceta de lunares rojos, pero sin verla, por así decir.

Esto es todo por hoy. Eso y que compré unos pendientes verdes en una tienda llamada “El jardín del deseo”, llena de bisutería y bolsos que brillan, como cualquier deseo que se precie. Un deseo no puede ser opaco, me parece a mí.

Para efímera, ella

Esta flor que me he encontrado esta mañana paseando por el parque se llama hemerocallis y solo dura un día. Cuando me he cruzado con ella llevaba apenas unas horas en esta tierra, ya que brota al amanecer. De vida le quedaba un poco más, pero no mucho pues al atardecer se marchita, cae al suelo y deja el tallo libre para la siguiente, que se abrirá también en cuanto lo haga el nuevo día.

Es como si la planta estuviera obsesionada con la belleza y la juventud y no quisiera nunca mostrar al mundo el espectáculo de la degradación o el envejecimiento. Ella, cada dia, ofrece flores nuevas y frescas, a cambio de asesinar a las anteriores, eso sí. Este constante reponer le dura bastantes meses, desde la primavera hasta el otoño pueden contemplarse sus flores tan nuevas como fugaces.

A esta flor también se la conoce como lirio japonés, lirio de la mañana, azucena turca o lirio de San Juan.

Se puede comer, los chinos la toman en sopa, o se puede utilizar para tratar diversos males ya que tiene muchas propiedades beneficiosas. Si es que te da tiempo a cogerla. Y si no, acampas junto a la planta y esperas, tijeras en ristre, a que amanezca. Aunque a mí me daría pena cortar algo que dura tan poco.

Desorden

Se ha escondido el cielo con todos sus pájaros

y en su lugar hay un hueco abierto de bordes heridos.

Microscópicas arañas excavan sus galerías

sin cesar, sin cesar

con demente afán.

Cuando el mundo se desordena

se cierran de golpe los ojos que te miraban

como bruscas persianas.

Es cierto, sigue oliendo a la flor del tilo

y las hojas son nuevas y verdes, amigas de la luz

pero por motivos ajenos a su voluntad

los árboles permanecerán cerrados.

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